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La educación que tenemos ahora mismo es insuficiente. Lo digo así de claro porque la evidencia abunda, porque las voces críticas dentro de la academia son casi unánimes, porque los niños y jóvenes que tienen que padecerla testimonian el horror de un sistema educativo ideado para atender masivamente y de un modo impersonal a los estudiantes.

Durante años hemos sometido a los más pequeños a la experiencia absurda de la memorización de un contenido que escasamente tiene que ver con la vida; y es que ése es el punto: ¿cuál es el objetivo de la educación si no el preparar a la persona para que enfrente el mundo y sus incontables retos? Recuerdo que cuando terminé mi educación formal y tuve que salir a buscar un trabajo, me di cuenta de que no sabía casi nada y que tenía que empezar de cero. El tiempo que había pasado en la escuela no me había enseñado un sin fin de actividades que resultan sumamente necesarias para la vida.

La educación en la que yo creo, la que estoy seguro necesitan nuestros hijos y la que yo mismo intento promover en mis clases no es sólo cabeza sino también corazón, palabra, capacidad de encuentro y asociación con los demás; el futuro mejor para todos nosotros pasa necesariamente por esta otra educación que proponemos muchos. El ser humano es complejo, rico y en ocasiones contradictorio, por eso no puede entenderse como una máquina. La educación actual, que tiene horarios, curriculas rígidas y jerarquías bien establecidas es producto de la era industrial, que fue una época que entendía la escuela como una línea de ensamblaje más que como un lugar de encuentro y diálogo.

Son muchos los obstáculos que debemos enfrentar antes de llegar a la meta. Lo principal, creo yo, es abatir los prejuicios y las costumbres; luego están las inercias y la pereza de los propios docentes y, por último, los intereses económicos e ideológicos que se encuentran en juego.

Creo fervientemente que se debe educar para la libertad y el amor a la vida. En eso estoy, en el aula y ante un micrófono.

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