Inicio Carlos Sánchez Un premio es siempre una caricia al ego

Un premio es siempre una caricia al ego

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Carlos Sánchez

Escribir sin pensar. Porque ya tenía la idea, se me fue, entonces empecé a decir alguien me robó el poema. Y la inercia se convirtió en poema.

Fabiola Cota lo dice con una sonrisa de desconcierto. Minutos después de recibir un premio de ocho mil pesos. Ganó la apuesta entre más de seiscientos volados. La convocatoria inter penitenciaria Salvador Díaz Mirón.

“No sabía que sabía escribir, nunca antes había escrito”. Dice Fabiola sin perder el estilo de la inocencia, la ingenuidad que es también un gesto genuino.

Habla también de la inspiración que le causa su compañera de presidio, Silvia Arvizu: “Siempre que la leo se me hace un nudo en la garganta, me gusta todo lo que la Chiva escribe”.

Entre Silvia y Fabiola hay la mirada como puente. Parecería que se cuidan y respetan, que se solidarizan. Que se abrazan en silencio.

Silvia Arvizu tiene ya una carrera como escritora. Si la pregunta es sobre qué número de veces ha ganado el Concurso Nacional de Cuento José Revueltas, la respuesta, sin ambages, sin presunción, es: “Ya ni sé”.

También, en la edición más reciente del Concursos Nacional de Teatro Penitenciario (que debería ser de dramaturgia, porque se compite con una obra dramática), Silvia resultó ganadora.

Por eso ayer los nombres de Silvia y Fabiola cobraron relevancia. Se les acercaron las cámaras de televisión, los chicos de la prensa les hicieron una y otra vez las diversas preguntas de rigor.

Desde temprano el mejor atuendo, porque la cita estaba programada. Y las autoridades penitenciarias, el equipo que rige el interior de la cárcel, también estuvieron puntuales.

Ya con el presidio reunido, la presencia de las otras morras, compañeras de Silvia y Fabiola, con la presencia también de algunos presos del varonil, acompañando a Luis Claudio Escoboza, quien acudió a recibir el premio del Concurso Nacional la Voz Penitenciaria (categoría solista), las palabras construyeron un tic tac de emociones. Porque si se dice el pensamiento, no se puede evitar la catarsis.

Apoteósico el momento en que Luis Claudio tomó su guitarra, interpretó la rola con la que ganó. La honestidad es un dardo dulce. Cae en las conciencias. Digerir sin reacción es imposible.

Luis Claudio, sobrio, reseñó la importancia del premio: “Hace unos años yo tuve una enfermedad, no entraré en detalles, al enterarme del premio pensé que me lo habían dado por lástima. Ahora con la presencia de ustedes y con lo que aquí se ha dicho, me queda claro que no es por eso”.

Auténtico Luis Claudio. La luz en las miradas de sus compañeros de prisión, iluminaron el recinto. Muchos aplausos.

Silvia Arvizu, la muchacha distinguida, la que tiene ya tres libros publicados, la que sabe qué hacer con las palabras, a petición del maestro de ceremonia, tomó el micrófono. No sin trabarse, la exposición de sus motivos a manera de gratitud, fluyeron.

Llama la atención el proyecto más inmediato que Silvia reseña: abordar la asignatura pendiente en el motivo que más le guiña el ojo: su hija Silvana.

Dice Silvia que el primer acercamiento que tuvo con la literatura fue a través de su madre, “Desde su máquina de coser me relataba cuentos, muchos heredados o leídos, y otros, la mayoría, inventados por ella misma”.

Años después su padre le regalaría un cuaderno para convocarla a escribir “Mis infortunios carcelarios como un desahogo”.

Vendrían entonces, desde el interior de la cárcel, este oficio de escritura que a la postre resulta el nombre de Silvia un referente para la literatura sonorense.

Después del protocolo, de los flashes y las palmadas, la euforia y las promesas, la pregunta también de rigor para Silvia: ¿Qué significa ganar?

“No me considero escritora formal. Y un premio es siempre una caricia al ego, un halago”.

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