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Saldos de la tortura

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Carlos Sánchez

Me llamó ayer por la tarde. Si su tono de voz era la dificultad de vivir, mi reacción al escucharlo era la reconstrucción de su tortura.

Lo levantaron a principios del 2002, lo trajeron desde la frontera donde trabajaba en un taller mecánico. Había que fabricar culpables para un caso que hacía mella en la imagen del gobernador.

Pidieron descripción de un perfil que viviera cerca del lugar donde se cometió el crimen: madre e hijo apuñalados en el interior de su hogar. En ese tiempo Augusto vivía a dos cuadras de allí. Me contó en uno de sus recuerdos, cuando ya lo visitaba en la cárcel, que al mirar pasar las patrullas, las ambulancias, todos los chavos corrieron para enterarse qué estaba pasando. Dejaron de jugar con la pelota para encontrarse con la noticia de los asesinatos.

Augusto cumplió a cabalidad con el perfil que buscaban para incriminar. Un tío de él, madrina de la policía, dio referencias, santo y seña, los datos del lugar donde localizarlo. Habían pasado apenas un par de meses de que Augusto viajara a Tijuana a propuesta de un trabajo donde la promesa era que al aprender el oficio, se quedaría como encargado de taller.

Augusto con su escaso peso físico, pelo corto, y mirada taciturna, miró descender de una camioneta a dos vatos altos, vestidos de civiles, con armas fajadas en sus cinturas. Fue a él a quien le preguntaron si conocía al de la foto. Con la inocencia, la sorpresa de lo inesperado, sonrió y respondió: “El de la foto soy yo”. No tenía nada que ocultar.

El camino de Tijuana a Guaymas se lo aventó con los ojos vendados. Algunas escalas como entrenamiento de resistencia: golpes en el pecho, gritos, y los nombres de todos los integrantes de su familia desde los policías. “Lo sabemos todo, ya te llevó la verga. También sabemos que tienes una hija, ¿sabes dónde duerme, con quién vive ahora?”

Lo más cabrón lo vivió en el acantilado del mirador de San Carlos, cuando lo ataron de los pies vía una cuerda que pendía de la defensa de la camioneta. Allí lo tuvieron por horas. Uno de los policías encendió la cuerda, mientras le gritaba que ya le faltaba menos para irse al agua.

Luego lo desataron, le pusieron una bolsa en la cabeza, le quemaron los testículos. Fue allí cuando les dijo que sí.

“Acepté todo, me dijeron que me llevarían con un Ministerio Público, que el jale era fácil, que estaba todo hecho, que solo debía denunciar a un cómplice y poner mi firma. Apenas así dejaron de golpearme”.

Luego vino el ingreso a la cárcel, un penal al cual no debía acceder porque aún no tenía mayoría de edad. Pero su cuerpo estaba pactado: el mayor de los infiernos, la violación inminente. “Para que aprenda”, sugeriría el comandante.

Fila india le llaman cuando la orden está de por medio. Los presos con mayor tiempo de estancia en el penal, toman al inculpado como una fiesta de complacencia, para ellos, para quien ordena. Servido su majestad.

A los tres años con tres meses, Augusto abandonó la cárcel de menores, a la que semanas después de su aprehensión, fue enviado. Salió absuelto porque la familia del supuesto cómplice contrató un abogado de renombre. Ambos la hicieron porque no había delito qué perseguir contra ellos. Ya para ese tiempo el gobierno tenía otro capitán.

Augusto me llama ahora, catorce años después, con su voz temblorosa, con la dificultad de articular oraciones, para decirme que no le alcanzó para comprar el medicamento, que tuvo que rentar un cuarto, que parece que el cuerpo y la cabeza le estallarán en cualquier momento.

“El siquiatra me dijo que debo pagar la consulta, que no me puede esperar más, que necesito tratamiento de por vida. Y ya estaba muy bien, muy bien, me sentía al chingazo, pero mira, tuve que rentar un cuarto, se me acabó el medicamento. No, carnalito, solo te hablo para saludarte. Solo fue que me confié, nunca pensé que podría recaer”.

El silencio súbito me hizo recorrer las frases aquellas en las que tantas veces Augusto me ha llamado para despedirse de mí, y en las cuales me describe el escenario puesto para su muerte. Me ha dicho que me agradece la amistad, me ha dicho que me ama, pero que ya no puede más.

“Ahora, sí, Carlitos, ya no la hago, ahora sí”. Luego el silencio como un trinche en las sienes.

La llamada de ayer por la tarde fue distinta. Augusto me habló de su familia, de su madre, del deseo de vivir. Pero el temblor en las palabras estaba allí, como una dificultad de respirar. Tiene ganas de vivir, es verosímil. Antes de despedirse, ayer, me dijo la querencia. Fue tierno y agradecido con la atención dispuesta.

Horas después de esa llamada, he vuelto a vivir esas horas de tristeza que en un tiempo viví por la situación de Augusto. Y cada vez que suena mi celular, una sensación de angustia se me atora en la garganta, las preguntas se me vuelcan quizá similitud de ese ardor que él experimenta en su cabeza, en su cuerpo.

Los policías que lo detuvieron, pronto escalaron el organigrama. Es más, ahora están cesados, por diversas circunstancias. El taladro de la tortura en la mente de Augusto, ¿cuándo habrá de ceder?

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