Inicio Alejandro Ramírez Arballo El pesimismo es un lujo

El pesimismo es un lujo

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Sospecho grandemente de los pesimistas. Hay mucha petulancia y no menos cobardía entre ellos: se sienten llamados a sufrir y, al mismo tiempo, su propio menosprecio por todo porvenir parece blindarlos de la responsabilidad de ser personas. Es muy sencillo: se declaran enemigos de todo futuro porque se suponen determinados a una derrota infinita, entonces, se deslindan de todo trabajo. Corren a esconderse en el desprecio por la vida para protegerse de los riesgos. Los pesimistas suelen ser, sobre todo, grandes perezosos.
El pesimismo es un lujo burgués. Se trata de personas que se sienten aburridas en un mundo que parece estar lleno de defectos que muy pocos se atreven a ver y mucho menos a componer. “Qué lo arreglen otros”, dicen desde su distancia y su desprecio.
Lo opuesto del pesimismo no es el optimismo sino la crítica. Solo se atreve a criticar quien supone los desvíos deben ser señalados para que sean solucionados. La crítica es siempre, cuando no son meros aspavientos, el puente hacia los mejores días; solo quien se compromete con el ejercicio libre de la crítica ejerce a cabalidad su ciudadanía y su adultez. Eso que líricamente se llamaba civismo debe ser, más allá de los discursos folclorizantes, un pensamiento-acción que nos saque de nuestras casas para reclamar espacios y voces en el gran relato de la comunidad y la nación.
A veces creo que el más grande logro de quienes perversamente detentan el poder es el promover la confusión y el desánimo entre gran parte de la población, sobre todo entre los más jóvenes, que por serlo son un motor natural de las sociedades. La pérdida de la fe es la pérdida del rumbo y en ese río revuelto es que los pescadores de la perversión consiguen sus más grandes ganancias.
Si en algo podemos formar a nuestros niños es en el deber que tienen con los demás. Nada hay más urgente que la promoción de un modelo educativo que prepare a los seres humanos para participar de la vida y no para ser meros instrumentos de un sistema de explotación infinita. Contra los pesimismos cobardes, los cinismos y los utilitarismos en boga hay que hablar sin tregua, utilizando todos los medios a nuestras disposición, comprometidos porque en ello, literalmente, se nos va la vida.

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