Un hombre parado en la esquina del edificio enciende un cigarrillo y antes de la primera inhalación el viento empuja un olor a muerte que lo alcanza. Se cuela por sus ojos. Los cierra, los abre y los vuelve a cerrar pero llorosos. Se filtra hasta su nariz, intenta taparla con las mangas de su chamarra, sucumbe y el malestar alcanza su garganta, se encorva y su estómago trata de devolverlo, pero no puede. Un guardia lo toma del hombro, lo jala hacia atrás y le dice que ahí siempre huele a carne podrida porque el aire empuja el olor de los cuerpos que llegan al Semefo, más de 10 cada día. Más de los que el edificio puede contener.

Los seis refrigeradores donde caben hasta seis cadáveres están abarrotados, la violencia también impactó sus pobres motores. Se calentaron y dejaron de funcionar. “Salen chorros de sangre y sabe qué cosas más”, cuenta uno de los empleados, “más tardamos en limpiar a que salgan más cosas de los refris”.

El Semefo es un edificio de dos pisos, situado sobre el bulevar Fundadores, uno de los más transitados en la ciudad. Frente al sitio una decena de funerarias pasean sus ataúdes y un par de florerías exhiben sus coronas, los empleados salen a cazar clientes entre quienes llegan a buscar a sus muertos. Alrededor también hay cientos de viviendas de la colonia Cacho, una de las más viejas en la ciudad. A una cuadra hay pequeños departamentos, un centro de rehabilitación y alguno que otro negocio.

“Un día caminaba hacia la casa y me llegó un olor como a plástico quemado, pollo, no sabía qué era pero pasaron los días y no se quitó, son los cuerpos”, dice Yolanda, una mujer que tiene más de 20 años viviendo a una cuadra del edificio del Poder Judicial.

Desde junio de 2016 los vecinos comenzaron a quejarse de los olores. Los empleados también, el hedor los obligó a usar diariamente cubrebocas, pero en temporada de calor y con temperaturas que superan los 30 grados nada es suficiente para detener la fetidez.

Un perito del área sicológica que trabajó en el edificio recuerda que en verano había que usar algo para tapar el rostro. La regla no era solamente para quienes deambulaban por el área de autopsias o camillas, también lo hacían las recepcionistas y administrativos que estaban a más de dos o tres muros de los cuerpos. “Si tuviera que decir qué es lo peor, pues el olor, huele a muerto todo el tiempo”, principalmente por el área donde reciben los cuerpos y están colocados los refrigeradores inservibles, recuerda.

“Los doctores, por ejemplo, deben contar los guantes y volverlos a usar porque no hay, los usan con un cadáver y los usan con otro”, dice otro empleado, pero ninguno accede a dar su nombre.

Uno de los jóvenes que entra al área de las camillas —donde reciben los cadáveres y los preparan— comenta que es imposible mantenerla limpia, por más que quieran asear después de abrir un cadáver, el tiempo les gana porque llega uno tras otro.

Aunque en cada intervención saben que la sangre caerá como hilo, desde la cama hasta el suelo, y tienen una coladera para barrer y trapear cualquier líquido o sustancia orgánica del cadáver y empujarla a un pequeño hoyo, no hay tiempo ni equipo para contener los residuos biológicos infecciosos.

“¿Pero dónde ponemos la sangre?”, pregunta uno de los trabajadores, “Si cuando apenas estamos limpiando ya nos llegó otro muerto. Llegan y llegan y llegan”.

“Los ministeriales están peor”, dice un trabajador. “Los muertitos vienen mal desde que nos los entregan, ellos usan camillas de rescate, no tienen la bolsa de plástico para los cuerpos y los llevan paseando como reses dentro de las camionetas y así nos los entregan”. Los reciben con sangre, casi deshidratados. En todas las condiciones: Enteros y en pedazos, quemados y casi frescos. “También sin dignidad, ni identidad”, agrega otro de los guardias.

“Hasta a mí me ha tocado recibir los cuerpos. Es bonito este trabajo, de verdad, pero qué feas condiciones, de todo llega… mexicanos, gringos, de todas partes, nomás vienen a Tijuana a morirse y ni saben cómo terminan sus cuerpos, en un refri que ni sirve”.

Deja un comentario