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El imperio de los sentidos

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Vivimos en un mundo en el que nuestros cinco sentidos parecen ser la única vía de acceso a la realidad. Somos materialistas, intrascendentalistas, pragmáticos y simples como el mecanismo de una sonaja. La desconexión con lo trascendente es absoluta, o al menos así me lo parece; esto, lejos de ser algo anecdótico es profundamente grave y entraña la posibilidad de acabar con nuestra civilización. La condición devoradora de nuestra especie da cuenta de los pocos recursos naturales que nos van quedando: somos un hocico insaciable que no cesa de pedir alimento. Los últimos seres humanos sobre este planeta se engullirán los unos a los otros.

Debido a nuestro materialismo es que nos hemos convertido en una sociedad egoísta que no cría personas sino individuos, gente que solo ve por los intereses propios y los de su grupo; un modelo egoísta está condenado, tarde o temprano, al fracaso. Por otro lado, nuestro mundo ha hecho del placer una especie de “santo grial” que hay que buscar de manera desesperada para darle sentido a nuestra vida. La forma más cotidiana del placer es el consumo. Grandes, grandísimos sectores de la población mundial han renunciado a la natural complejidad de su humanidad para convertirse en clientes perpetuos, rehenes de los caprichos que la mercadotecnia siembra en sus mentes estúpidas.

El filósofo cultural Rob Riemen ha escrito un libro que me gusta mucho: Nobleza de espíritu. Se trata de un cuaderno lleno de voluntad y pasión humanista, lo que en estos tiempos de pereza y desgano es una auténtica osadía. Es un manual estoico para defendernos de la marabunta epicúrea que nos rodea: no olvidemos que un ser humano sin vocación de resistencia está condenado a una vida blandengue e insípida. Riemen utiliza, además, una palabra que se contrapone de manera radical a los aires de nuestro tiempo: espíritu. Eso es lo que tenemos que invocar para desmontar las falacias de un reduccionismo mercantil que insiste en empequeñecernos, en envilecernos. Contra la dictadura de los sentidos, la resistencia noble del espíritu.

Tengo la gran fortuna de ser profesor, por eso es que puedo motivar a mis estudiantes para que se separen de la inercia del mundo y busquen esa nobleza personal que todos los seres humanos tenemos; debemos seguir a los grandes maestros del arte y la filosofía, del pensamiento y la acción política, de la sabiduría y la espiritualidad. Ningún hombre se hace a sí mismo, pertenecemos a una tradición y si no la reconocemos nos estamos condenando a algo mucho más atroz que la muerte: el olvido.

 

 

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