Inicio Alejandro Ramírez Arballo La náusea política

La náusea política

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Estoy experimentando estos días, como muchos de mis compatriotas, una especie de náusea política, un asco que me retuerce las tripas, me hace salivar en exceso y me confunde: son los tiempos. La campaña electoral acaba de atravesar una de sus primeras marcas, el debate, y se enfila hacia el futuro con más omnipresencia y más estulticia de la que hubiera imaginado. No quiero sentirme intelectual o moralmente superior a nadie, por mis hijos lo juro, pero no encuentro en la escuálida oferta de ese amasijo contranatural de partidos nada que mínimamente incline mi decisión de futuro votante.

Creo que esto se debe a una condición no solo nacional sino también global: la ausencia de liderazgos efectivos. La disolución de los compromisos y el advenimiento de un pragmatismo rampante ha ocasionado este escenario de candidatos “Frankestein”, sin alma y sin identidad, capaces de hacer cualquier cosa con tal de conseguir aquello que realmente les importa, que es la victoria el día de los comicios. Suman a su causa todo lo que ellos piensan que puede acarrearles votos, fuerza, aunque estas asociaciones deban realizarse bajo las terribles condiciones estipuladas en el contrato fáustico. Viven para el hoy, para perdurar y seguir aspirando que después de todo, y pase lo que pase, llegarán a ganar algo que incremente su capital material o político. No son inteligentes, son astutos.

En lo que al pueblo corresponde, observo un grado de exacerbación propio de los espectadores de las justas deportivas. Se “engallan” y vociferan movidos por un sentido acrítico de pertenencia; no tienen nada qué ganar y sí mucho que perder, pero eso parece no importarles: han sido inyectados con la ponzoña del sectarismo. Los pronombres personales se han reducido a dos: ustedes y nosotros. Hay una raya que los separa, una brecha insalvable, como aquella que divide a los salvos de los condenados en el juicio final. Son propuestas mutuamente excluyentes: la vida de uno ha de representar necesariamente la muerte del otro.

Ante este panorama yo no pierdo la fe, hoy menos que nunca. Creo que estamos contemplando el agotamiento de un sistema político y económico, lo cual es necesariamente bueno porque entraña el advenimiento de algo mejor: hemos tocado fondo. Sueño con algo que yo llamo el “asalto ciudadano”, que implique mucho más que compartir memes chistosos de los políticos de profesión. La sociedad somos nosotros y la vida pública es nuestra; no podemos preservar ese prejuicio absurdo que consiste en creer que debemos mantenernos al margen mientras los que toman las decisiones — que, no olvidemos, nos afectan a todos — reclaman para sí ese privilegio.

Ejerzamos la política de lo cotidiano, que implique educación personal, voluntad de comunicación y asociación, pero, sobre todo, capacidad de acción concreta en la esfera local, que es el mundo, nuestro mundo. No hay aportación menor cuando hay alguien dispuesto a encontrarse con alguien más para buscar un beneficio común sin que se comprometa en ello la libertad de nadie. Tenemos de nuestro lado la tecnología y el advenimiento de una generación que ha nacido sin el nihilismo de la mía. Y no, no creo tener fe, lo que tengo es algo que tenemos los que hemos decidido poner manos a la obra: confianza.

Para consultar otras publicaciones  https://goo.gl/XgvfPH

 

 

 

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