Inicio Alejandro Ramírez Arballo El diablo dentro

El diablo dentro

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Es innegable que vivimos tiempos de crispación. Me estoy refiriendo no solamente a la coyuntura electoral en la que nos encontramos, sino al “aire del tiempo”, a esta época en la que la comunicación reticular nos permite expresar lo que pensamos — o creemos pensar — con una facilidad imposible hace apenas muy pocos años. Las sociedades tienden a dividirse o fragmentarse y en esto, lo sepamos entender o no, perdemos todos.

Dicho lo anterior, pensemos ahora específicamente en la propaganda electoral, que claramente tiene la función de exacerbar los ánimos. Se trata de un cuerpo de mensajes emocionales que aspiran a cosechar adhesiones o repulsas con base en la reacción visceral de los electores; es mentira que el voto, al menos en la gran mayoría de quienes lo ejercen, sea el resultado de una cavilación profunda, informada y sistemática. Es falso. No se vota con la sesera sino con los intestinos.

Ahora, a lo que voy. Una de las consecuencias funestas de esta situación es la ruptura, en ocasiones violenta, entre las personas; es como si la creación de estas tribus entrañara una necesaria ética maniquea de un “nosotros” siempre correcto y un “ellos” siempre equivocado; es un mecanismo propio de las comunidades de primates. Se trata del más básico dispositivo de control social que ha existido desde que el mundo es mundo. Quienes han caído en la trampa han renunciado a su libertad crítica y se han vuelto rehenes de una jaula ideológica que los contiene y empequeñece. La propaganda es tan peligrosa como el alcohol porque produce exaltación y distorsiona la manera en que percibimos la realidad; hace muchos años tenía un compañero que se emborrachaba y siempre terminaba retando a golpes a todo mundo. Cuando se le pasaba la embriaguez siempre trataba de justificarse diciendo lo mismo: “Se me metió el diablo”. Cuando me asomo a las redes sociales en estos días me doy cuenta de que hay muchas almas poseídas por estas calles de Dios.

La democracia debe no solo reconocer, pues, la diferencia, sino incluso promoverla; los totalitarismos han apostado por una homogeneidad social impuesta y las consecuencias han sido desastrosas. Volviendo a la diferencia: hay un pequeño y luminoso detalle que no se puede pasar por alto: debe existir un suelo común para todos, el de la justicia, que es lo que debemos buscar. Pasarán las elecciones y los que hayan sido electos se irán a sus oficinas, pero nosotros, los ciudadanos de a pie, nos quedaremos donde mismo, compartiendo el espacio y el tiempo con gente que se sentirá feliz o abatida, según haya sido la fortuna de sus candidatos; no perdamos el sentido de comunidad y pertenencia. Tratemos, más allá de los sentimentalismos bien intencionados, de comprender a los demás, sobre todo a quienes se encuentran en las antípodas de nuestro propio pensamiento. Son tan humanos como nosotros y tan susceptibles de torpezas o luminosidades como nosotros.

Quiero cerrar con una vieja preguntita del manual de ética liberal que siempre traigo en el bolsillo para cuando se me mete el diablo dentro, como a mi amigo el peleonero: “¿Y si el equivocado soy yo?”

Para consulta de otros artículos publicados  https://goo.gl/7Z8oJn

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