Inicio Carlos Sánchez He visto mi nombre en alguna nota y he escrito mi funeral

He visto mi nombre en alguna nota y he escrito mi funeral

Compartir

Me llamó Javier para decirme que me buscarían de la editorial. “Te enviarán mi libro Huérfanos del narco, para que luego me hagas una entrevista”. Le agradecí el gesto, su distinción. Pasaron los días, recibí el ejemplar, después de leerlo con fruición, conversé con Javier. Hoy a un año de su trágico  asesinato, comparto esta entrevista con el entregadísimo, el profesionlísimo Javier Valdez:

L. Carlos Sánchez

En Huérfanos del narco (ed. Aguilar, 2015), del periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas, nos muestra los objetivos del periodismo: recoger historias, de la gente de a pie, la hermandad con los otros, los de abajo, los jodidos. Esto lo dice sin decirlo, al ir contando, al dar voz a los que todo lo perdieron, excepto la esperanza. O quizá también.

Este libro de investigación de campo, de literatura de  no ficción, se convierte para el lector en una granada en la boca, como bien lo sugiere el título de otro de los libros de Javier.

En el trajín de la mañana, en la compañía de un café, con el pensamiento, en el deseo de indagar los motivos respecto de su nuevo libro, convocamos al periodista a esta conversación:

–La violencia es tema recurrente, porque obviamente la violencia está presente. En tus anteriores entregas se ausculta la violencia, pero, en el caso de Huérfanos del narco, ¿cuáles son los objetivos primordiales que te trazaste al iniciar este libro?

–No me tracé ningún objetivo. No me lo planteo nunca al iniciar un libro. Simplemente quise contar estas historias, luego de que me topé con María Herrera Magdaleno, quien reclamó a los medios, durante una mesa redonda a la que fue invitada por Javier Sicilia, en la Ciudad de México, porque los medios habíamos dejado de contar historias de desaparecidos y la lucha de sus familiares, mientras que el gobierno los invisibiliza. La busqué y entrevisté, y decidí entonces que debía contar esa historia y otras con las que me topé una vez que recorrí algunas regiones del país. Ahora puedo decir que sentí que es importante contar ese patio trasero, los restos de la tormenta de balas, los saldos de tanta impunidad, y que debía apostarle a la memoria, a traer esos nombres de regreso, a darles su lugar a pesar de la ausencia, a recuperarlos y regresarles esa categoría de personas, seres humanos. Por cierto, María Herrera, quien dirige una organización y que tiene grupos de activistas y de búsqueda de cadáveres en 17 estados y tiene una fundación que lleva su nombre, es madre de ocho hijos, cuatro de los cuales están desaparecidos.

–¿Cómo digieres las historias, cómo logras dormir, cómo le haces para seguir respirando después de mirar el rostro y escuchar las voces que testimonian los dolores?

–No las digiero, supongo que las sigo masticando, viajan por mis intersticios, me atrapan, imponen celadas y tretas. Yo me pongo los zapatos de las víctimas y sus familiares, no me cuesta trabajo. No pongo distancia, me acerco, me hago ellos. Eso, esa sensibilidad, me permite escribir sus historias con calidez, con intimidad, porque las hago mías –no sé si sea bueno como periodista, pero es bueno para contarlas con esa emotividad y sufrimiento y esperanza-, y los discursos y vivencias me llegan, me atrapan, viajan en mí. No es posible digerir tanto dolor, son cicatrices abiertas en las que uno hurga y al mismo tiempo las expone. Duermo mal, a pesar de que tomo pastillas para dormir. Tomo antidepresivos, voy a terapia, me echo unos güisquis, me gusta la música y escribo. Todo eso me ayuda a enfrentar este horror y escribirlo. Creo que a pesar de mi pesimismo escribir me convierte es un acto de esperanza, además de que es un acto de exorcismo, de desahogo. Pero no logro del todo espantar a los demonios de la tristeza ni a los ángeles del mal. Esas historias, los testimonios, el dolor, siguen en mí y me vuelven a atrapar cuando escribo, cuando leo lo que escribí –incluso en público- y cuando el recuerdo las trae ante mí.

–¿Preguntar no te resulta convertirte en un bisturí que remueve la herida?

–Claro que sí, un bisturí que remueve la herida, que la abre, la expone, la cuenta. Quisiera ser como aquel personaje de Juan José Millas –su padre- que inventó un aparato que al mismo tiempo que cortaba la piel, cauterizaba. Lamento mucho volver a incomodar, remover. Uno es imprudente, creo que debe serlo como periodista. Pero con cuidado, con respeto, profesionalismo, seriedad, y sobre todo con humanismo y honestidad. Creo que este fue el mayor de los retos que he tenido en cerca de 25 años de periodismo: dialogar con las víctimas, hablar con los menores, entrevistarlos sin grabadora, hermanarme, empatarme, en medio de músculos y sentimientos y agua salada, colmada de espinas, de muchos filos, pero con expresiones diáfanas de los niños, honestas, sinceras, profundas, tiernas y amorosas. Me pareció sumamente delicado hablar con ellos: achicarme frente a esos huérfanos fue engrandecerme como persona y periodista.

–¿Por qué no se debe ser prudente y aportar el silencio a las madres de las víctimas?

–Ser prudente sería, en este contexto de abusos, asesinatos, complicidad y corrupción –del gobierno y los narcos- apostarle al olvido. Sería bueno ser prudente y frío y guardar distancia, si uno no se quiere comprometer. Además, estamos frente a una sociedad que parece rendida, postrada frente al narco y los abusos del gobierno. Una sociedad temerosa, que le apuesta a no ver ni oír, no enterarse, porque eso significa sufrir, sentir, asumir un compromiso: esa es una forma de sobrevivencia, lo entiendo, pero también es la comodidad, el silencio cómplice, el olvido. Para mí eso es el silencio, muerte y olvido. Y yo no estoy muerto ni soy cómplice ni olvido. Creo que la tarea de uno como periodista es dar pastillas contra el olvido, contar historias de vida en medio de la muerte. Esos niños huérfanos, hijos de desaparecidos y asesinados, y sus madres, viudas o no, están luchando, de pie, esperan –como un acto de esperanza- que sus padres entren por esa puerta por la que salieron. Y yo no me puedo quedar mirando, sin hacer nada, siendo periodista, ni contando muertos.

–¿Has pensado que alguno de tus colegas contarán tu deceso en algún libro, en alguna nota policiaca?

–Sí, lo he pensado. Me he visto en notas policiacas. He visto mi nombre en alguna nota y he escrito mi funeral. No sé si en algún libro. No creo que alguien recuerde mis letras mucho tiempo más, aunque me gustaría mucho que alguien dijera que no hice periodismo, sino historia. Suena pretencioso, lo sé. Pero también sé que la peor muerte es el olvido.

–¿Cómo y cuándo crees que la violencia cese en nuestro país?

–No creo que cese mientras se mantenga esta guerra tonta de alimentar el fuego, de más armas y soldados y policías y equipo y patrullas, de los gringos con sus narices y fusiles en nuestro territorio. No hay inteligencia, si lo hubiera se combatiría el lavado de dinero y habría políticos y empresarios y banqueros en la cárcel. Pero también, se cambiaría la política social y económica para combatir la pobreza, que no haya niños ni jóvenes fuera de las escuelas, y que haya buenos salarios y empleos para todos. Que la política cultural sea en serio y no dependa de una institución educativa sino que sea una secretaría más. Así hablaríamos de una política integral de combate al crimen. Esto no. Esto es jugar a las guerritas, en la que nosotros ponemos los muertos. Cuando esto cambie, habrá menos violencia. Cuando se legalicen las drogas y se deje de perseguir a los adictos, hablaremos entonces de otro país.

–¿Cómo se puede combatir tanta tragedia, tanta crueldad?

–Cómo combatirlo, si el Estado no está, como dijo Federico Campbell. Creo que esto pasa por instaurar la ley, que el gobierno se ponga por encima del crimen, no abajo, como está actualmente. Antes el narco financiaba campañas políticas, ahora financia campañas y partidos, impone candidatos –narcos, claro- y gente en puestos clave dentro del gobierno. Si el gobierno existe, existe la ley. Los malos, de dentro y fuera del gobierno, estarán en la cárcel, y habrá justicia y paz en las calles. Pero mientras los malos estén fuera y dentro del gobierno y el Estado no se imponga, la selva reinará.

–¿Qué posibilidades tiene el periodismo para incidir en la construcción de un país sin violencia?

–Creo que muchas, hay que empezar por volver al periodismo humano, de calle, de banqueta, plaza, mercado, bar, cantina y vida nocturna. Los reporteros ahora creen que hacer periodismo es ir a las conferencias de prensa, besar las huellas de los poderosos y perseguir a los políticos. Hay que mover el culo y gastar las suelas, hacer de las personas de la calle el centro de las historias. En pocas palabras, humanizar las coberturas, incluida, por supuesto, la del narcotráfico. Creo que la gente no se ve en los periódicos, sino ve a los políticos, los dirigentes empresariales, los poderosos. La gente tiene que verse de nuevo en las páginas de los diarios y en los segmentos televisivos y radiofónicos, en los portales de internet. Ver su vida ahí, sus broncas y amaneceres, su vida cotidiana, la rutina diaria y sus tropezones. Pero también investigar corrupción, malos manejos, complicidades entre delincuentes y servidores públicos. Esa combinación puede hacer que le gente regrese a ver al periodismo como una opción de información pero también como un eco, un espejo de dolor pero también de esperanza. La gente tiene que volver a sentir, a enrabiarse, emputarse, indignarse por lo que pasa, superar esta actitud de indiferencia y deshumanización, para recuperar la banqueta, la calle. Y esto se logra con un periodismo humano, comprometido, sensible, profesional y valiente. Así podemos enterar a la gente, contribuir a que recupere el ejercicio ciudadano, a ganarle terreno al déficit de genitales, y exigir y protestar y hermanarnos con las injusticias que otros sufren. Si no conocemos esta realidad, no la vamos a cambiar.

–Los dolores tienen su dignidad, ¿te es fácil propagarlos, exhibirlos, y pasearte por el mundo compartiendo estas historias?

–Claro que tienen su dignidad y hay que respetar, pero guardar silencio no es respeto, como dije antes, sino complicidad. Hay que aprender a contar estas historias, a ser cuidadosos, prudentes, sensibles, ante el dolor de los demás. Reconocer al otro puede ayudar a ponernos sus zapatos. No me es fácil compartir estos dolores, porque reportearlos, escribirlos, leerlos y compartirlos es volver a sostenerles la mirada. Ese es mi trabajo, contar estas historias. El reto es saber cómo y no caer en el sensacionalismo ni en medrar con ellos. Eso, pero no el silencio.

 

Deja un comentario