- La ciudad del soul de Carlos Sánchez es un canto largo, sostenido y grave; se trata de una expresión puntual de la melancolía, que no ha de confundirse jamás con la insulsa nostalgia. No hay nada novedoso en este libro, quiero decir, nada que no hayamos leído ya en la pluma de Carlos; sin embargo puede decirse también que todo es nuevo porque se ha escrito desde la vida y no desde la gesticulación de los formalistas y escritores bajo pago. Todo es vitalidad aquí porque el dolor es un presente perpetuo y agónico que los hombres apasionados parecen disfrutar, tanto como de un alcohol fuerte, como de un delicioso amor emponzoñado que dando vida aniquila.
- La ciudad del soul es la ciudad del alma, la ciudad de la consciencia y el delirio de los que han nacido pegados al suelo, próximos a la raíz y el polvo: hijos y padres de una cultura riquísima en los márgenes, que los sabios y las academias han convertido en el folclor ramplón que llena páginas y páginas que no habrá de leer nadie jamás. Este es un libro-espejo, un aporte sincero y digno que nos dibuja a trazos gruesos una tragicomedia a caballo entre lo rancheril y lo urbano. A leer este cuaderno me ha quedado la sensación de contemplar un esfuerzo humano de resistencia y alegre lucha, de simplicidad y hondura, de naturalidad y conflicto: La ciudad del soul puede ser un poema sucio y un puntual testimonio de las fuerzas del alma.
- Carlos pone el ejemplo en su oficio de escritor: se postra humilde ante su tarea y asume además un compromiso con la gente de su barrio que, según puedo entender, es como carne de su carne, latido de su latido, eso que algunos llaman familia.
- Aquí no hay héroes, al menos no en ese sentido egoísta y maniático del Prometeo robador del fuego; la heroicidad habita en este mundo en la comunidad, en la unión de voces, en el colectivo que se reconoce en la fuerza que brota del encuentro y el desencuentro: la constante rotación de vidas en torno a un espacio que nos pertenece a todos. El lector encontrará aquí un tema esencial: la perduración humana.
- Más allá de los discursos hechos y las trampas de la ideología, veo en La ciudad del soul un reclamo ético que debería resultarnos sonrojante: el dolor como grillete, la marginación como destino impuesto a los más débiles; sin embargo no hay queja sino testimonio, siempre el punzante recurso de la crónica que pone las cosas en su sitio, que hace visible lo ignorado, que delinea los rostros de la risa y el llanto en esos barrios con nombres de leyenda y sacrificio.
- Son los olvidados de todos, los abandonados de la historia: avanzan a tumbos día y noche para seguir esa vida cuesta arriba a la que han sido condenados por una sociedad esencialmente injusta y deliberadamente indiferente. Pero ellos no resisten, consisten, que es mucho más entretenido y necesario; a su alrededor construyen historias, cuentos, leyendas de callejuelas encharcadas donde deambulan perros, putas, borrachos, gente sin más, hijos todos de esta tierra ardiente en las que para bien o para mal nos ha tocado nacer.
- Si escribir es tejer, Carlos entreteje y cuenta, dialoga, avanza sobre la página con una ingenuidad buscada que lo honra y define como escritor atrabancado (entendiendo esto en el mejor de los sentidos: feroz y convencido de sí mismo y de su oficio). Esto es algo que me impresiona mucho de él, su terquedad creativa, su insistencia y fascinación por las palabras; me parece que esta actitud vital –presente en La ciudad del soul– es al mismo tiempo una pedagogía escritural que bien harían en atender muchos de los que hoy lo desdeñan. Es escritor el que escribe, no el que dice que va a escribir o que en su fuero interior está convencido de tener muy profundas y luminosas ideas.
- Ahora que el mercado ha impuesto la violencia como una moda que genera consumidores, La ciudad del soul nos recuerda que más allá de la violencia majadera y rampante de las armas largas, las pugnas entre bandas enemigas y las indispensables gestas del corrido existe y ha existido desde siempre una violencia invisible y brutal, cainita y ordinaria que en otros tiempos pobló la nota roja, la crónica de sucesos y las ficciones negras. La voz del margen nos recuerda la naturaleza asesina de nuestra especie.
- El arte al servicio de la vida: contar para ser, para exigir la porción de historia que nos corresponde. El cronista se vuelve un custodio de todo lo que ha sido y en este caso de lo que ha sido entre los intersticios de la semana de un barrio polvoriento cualquiera; entre los gritos de la algarabía borracha y majadera ocurren milagros demasiado grandes para entrar por el ojo del hombre privilegiado. Este recordatorio que nos hace Carlos es particularmente importante en una sociedad como la hermosillense,aspiracional y provinciana hasta las cachas.
- Finalmente, creo que La ciudad del soul entraña, entra las inmundicias del crimen y el fatalismo de los más pobres, una profunda esperanza en la humanidad, esa que se encarna prodigiosamente en los amigos que son leales a pesar de todo, en el amor que brota en el corazón de los adolescentes, en el placer de la fiesta y el santo desmadre de cada día. La vida es así, contradictoria y dolorosa siempre, pero también siempre revestida de posibilidades para el alma de la gente que, sin importar el peso o ligereza de sus circunstancias, busca realizarse en un acto de existencia radical, incuestionable y siempre hermoso. Se dé cuenta o no el autor, lo haya buscado o no, La ciudad del soul hace posible todas estas cosas, y hay que decirlo.
-alx







